Menéndez. Ph: Atilio Orellana
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Oscura y fría. Así imagino la última noche de su vida en la sala del Hospital Militar de Córdoba. Silencio.

Un ocaso que comenzó hace tiempo.

Lejos quedaron los días en que el último chacal manejaba las riendas del poder con la misma saña de los tiranos. Amo de la vida de muchos. Dueño de la muerte de otros tantos.

13 condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad, y ni un atisbo de arrepentimiento. La dureza de carácter, y la obstinación de creer su propia verdad fueron sus características principales.

Hoy el ex jefe del 3° Cuerpo de Ejército dejó de existir. Quizás vivir hasta los 90 años fue su condena, para experimentar en carne propia el rechazo de la sociedad. Y el saber que desde hace varios años su nombre era una mala palabra en casi todas las esferas de la vida institucional.

Y bien digo casi todas. Porque seguramente aún queda una resaca de sectores minoritarios que aún creen que el sistema de asesinatos, torturas y desapariciones ejecutado por el ex general era la solución a los conflictos políticos que vivió el país.

No fueron muchos los años en que gozó las mieles de sus funciones. Desde 1975 hasta septiembre de 1979 ocupó su cargo de General. Sin embargo, su influencia en la vida política y social de Córdoba se mantuvo varios años más, incluso luego de la recuperación del orden democrático.

Hasta inicios del segundo milenio aún se lo podía ver en los grandes eventos militares cordobeses. Nadie con poder decía nada. Ya se sabía quién era, y qué representaba. Llevaba la impunidad en el rostro. Y no tenía remordimientos en hacerlo saber.

En las memorias de un pasado presente, hoy se cierra un capítulo más en la historia sangrienta del proceso militar. Los familiares de los más de 280 desaparecidos, que la justicia le atribuyó directamente, podrán suspirar en paz. Fueron muchos más los damnificados. Pero la justicia es lenta, ya lo sabemos, y la muerte se cobró antes.

El chacal que manejó 10 provincias desde el asiento del segundo grupo militar más grande del país ya no está. Nadie sabe si finalmente pagará en el más allá, si es que existe, lo que le falta pagar.

Parafraseando al gran Horacio, el dueño de los candados murió con un ojo abierto. Espero que esta vez haya quedado cerrado.