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Hoy se cumple un año de la desaparición del Submarino Argentino ARA San Juan.

365 días en los que las 44 familias de los tripulantes rezan, lloran y maldicen por no saber qué pasó con la vida de esos soldados.

Que están muertos es la única certeza.  Lo demás solo versiones, rumores, hipótesis, teorías conspirativas, informes secretos, y más. Una maraña de relatos que poco aclaran, y muchos es lo que oscurecen.

El Ara San Juan fue una tragedia nacional. A un año de su hundimiento, aún no hay certezas de lo que sucedió. Una empresa extranjera busca restos, vestigios del gigante de acero perdido en medio de un océano helado.

44 familias que en un principio esperaban que sus hijos o parejas volvieran a casa, hoy sólo expresan desolación. Algunos en silencio, consumidos por la tristeza. Otros no bajan los brazos exigiendo verdad.

Qué importante que es saber la verdad. Uno como periodista siempre se escuda en la verdad de los acontecimientos. Es el objetivo final de alguien que hace su trabajo basado en la ética profesional, y toma la profesión como una tarea de bien social.

Sin embargo, a veces esas palabras están vacías. Y me es inevitable comparar la búsqueda de la verdad que hacemos los profesionales de los medios día a día, con la búsqueda de la verdad de las familias de 44 víctimas del destrato. Es la vida. La vida de la madre, del padre, del hijo, del hermano. Cuánto dolor hay en ellos.

Luchar contra el poder de la burocracia del estado es, seguramente, una de las tareas más desgastantes que existen. Porque nunca hay certezas de qué intereses se mueven más allá de la noble causa de buscar un familiar que debía ser protegido por el estado. Que dedicaba su vida a defender a su patria.

Patria o estado. Indudablemente la patria le debe mucho a esas 44 almas. Pero el estado le debe mucho más a sus familiares, les debe la verdad.

Y si algún presidente dijo alguna vez que con la democracia se come, se cura y se educa; con la verdad, estoy seguro, se va mucho más lejos.

Por el eterno descanso de esas 44 almas.