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“María Josefina del Carmen Arroyo, viuda de Sarmiento”, así se presenta. Ya no se acuerda bien cuándo entró al colegio, ni cuándo se jubiló. Los años han pasado, y ese colegio que marcó su vida parece perderse en el tiempo. Es como si no quisiera saber cuánto hace que dejó de caminar los pasillos de la escuela.

Durante más de 20 años manejó las puertas del Parroquial. Nadie en el pueblo la recuerda de mal humor. Siempre un chiste, una cargada, alguna palabrita subida de tono. Todo terminaba en risas con María. Hoy sigue con el mismo humor de aquellos años. Aunque la memoria le juega algunas malas pasadas, la esencia es la misma.

¿María, cuándo entraste al colegio?
Que se yo. Ya ni me acuerdo, que se yo los años que hace que entré. Estaba la Isabel Vallejos (sic) como rectora, ella manejaba todo en el colegio, y también estaba Tito, el contador.

¿Cómo llegaste ahí?
Resulta que estaban buscando una persona para la limpieza, y ahí fui y me ofrecí. Y me llamaron. Y me quedé ahí muchísimos años. ¡Mirá que han pasado críos por mis manos! -Risas-
Hace poco fui al colegio, porque ya me habían hinchado las pelot.. por demás -se ríe-. Que me querían entregar una cosa. Y cuando entré vieras vos qué hermoso que está. Han cambiado todo. Todo techado, y unos vidrios. Un lujo.

¿Vos empezaste en el edificio viejo?
Sí, allá a la vuelta del banco. Ahí empecé yo. En esa época yo vivía en el campo, en un cortadero. Ahí vivía con un ex mío.- Risas nuevamente-

¿Y cómo te llevabas con la Rectora, que tenía fama de ser muy exigente?
Me llevaba de diez porque ella me quería mucho. Además porque yo le llevaba en cuenta toda novedad que pasaba en el colegio.

¿Te acordás de alguna anécdota con ella?
¡Uf! Yo le escondía la comida porque vivía morfando la gordita (Ríe). La Isabel me mandaba a comprar a la panadería, y yo me guardaba alguna masita para darle a los chicos. O les decía que les dolía la panza o la cabeza, entonces les hacía un café con leche. Más de uno se hacía el enfermo para que le haga el café. -cuenta con picardía-

¿Y con los chicos?
A los críos (sic) que llegaban tarde les hacía una seña, para que supieran que el portón del fondo estaba abierto. Para que entren por ahí. Le hacía una seña con la mano. Y los chicos eran felices conmigo.

Otra que hacía en el colegio viejo era decir que se venía tormenta. Yo corría y le decía a la Rectora que se venía un temporal, ¡un tormentón!, y como el colegio viejo se inundaba, ella mandaba a los chicos a sus casas. Ellos chochos. “Gracias María” me decían bajito.

Después la Rectora me retaba porque caían dos gotas nomás. Y bueno, yo le decía que capaz se había ido a otro lado la tormenta. -Risas-

¿Cómo te fue con el cambio de dirección, cuando se va Isabel Vallejos y entra Noemí Fernández como Directora?
Con Isabel me llevaba bien, aunque a veces quería que yo hiciera todo. Y se paraba como el “Sargento García” y me llamaba para que me ponga en la entrada. -Risas nuevamente-

Cuando entró Noemí yo ya estaba cansada, ya no tenía ganas de ir temprano a la mañana, ya estaba el primario. Y con Noemí era un poco más fría la relación que con Isabel.

Cuando te tocó cambiarte al nuevo edificio ¿cómo lo tomaste?
Estuve triste. Por los recuerdos del colegio viejo. Con los chicos llevábamos las cosas de un edificio al otro, y cantábamos canciones de la iglesia, jaja.

¿Había alguien a quien no querías?
Al que se quería hacer el dueño, cómo se llamaba… al Representante Legal. No sé por qué pero yo no lo quería.

¿Los que fueron alumnos en tu época te saludan cuando te ven?
A mi me purificaron y me bendijeron María Josefina del Carmen Arroyo, pero todos los que me ven por la calle me gritan “Chau horrible”.

¿Por qué era ese apodo?
Porque yo los trataba de horribles todo el día. “Horribles, traigan las tazas”, “¡Horribles, pongan las cosas ahí, la madre que los parió!”, (y vuelve a reír a carcajadas). Así que por eso todo el mundo me dice “la horrible”.

Cuando te jubilaste ¿qué hiciste esos primeros días?
Lloré toda la mañana, y toda la tarde y toda la noche. Pero después vino el enviado de Dios y me invitaron a una despedida por mi retiro donde me regalaron una cadenita. Ahí también lloré.

¿Quién es el enviado de Dios?
Rubén Ramos -exclama entre carcajadas-, así le decía yo (N/R: Rubén es el empleado de administración del colegio), yo lo quería mucho a él.

A los 50 años del colegio no fuiste…
Si hubiera sido por otra cosa sí, pero era como ir a hacerme otra despedida cuando yo he estado una vida ahí adentro. No quería. Me iba a hacer mal. Muchos recuerdos.

¿Qué hiciste con la chaqueta que usabas, la tenés todavía?
No. Un día la tiré. Porque me hacía mal verla ahí en el ropero. Me traía muchos recuerdos. La puse en una bolsita, y allá fue…

¿Qué te quedó de tu paso por el colegio?
El cariño de los críos. De los horribles que por ahí se acuerdan de mí, y me saludan por la calle. Y siempre voy a estar agradecida con ese colegio porque todo lo que tengo es gracias a él. Esta casa la hice solita con mis hombros, con lo que ganaba ahí. Siempre lo voy a agradecer.