En el fondo de un pasillo, bien al fondo, donde la ciudad se desdibuja y la vida parece valer menos, vive una familia que sobrevive como puede. Están en Ampliación Los Troncos, donde los mapas no llegan y la ayuda parece perder el camino. En una casita de dos por tres metros, hecha con chapas y con huecos tapados con cartones, viven seis personas hacinadas. No es metáfora. Es literal.
Una joven de 22 años, un hombre de 37 y otra mujer de apenas 21 años. Y junto a ellos, tres niños pequeños: dos de dos años y uno de solo cuatro meses. Seis personas compartiendo un espacio que no alcanza ni para respirar. Un solo colchón de espuma en el que intentan dormir los integrantes de esta familia, tanto adultos como niños, entre humedad, frío y paredes delgadas que no aíslan nada.
Los números no alcanzan para entender esta tragedia cotidiana. Dos metros por tres. Seis cuerpos. Una sola vida negada. Porque esto no es solo pobreza: es exclusión. Es abandono. Es el resultado de una sociedad que aprendió a mirar para otro lado. Nos acostumbramos al dolor ajeno, lo consumimos como una noticia más, lo desplazamos como si no nos doliera.
Pero duele. O debería doler.
Durante las últimas semanas de frío polar, no solo pasaron frío: lo sufrieron en carne viva. No hay estufa. No hay abrigo suficiente. Hay cartones que intentan detener el viento. Y hay miedo, mucho miedo.
No tienen baño. Para higienizarse deben hacerlo al aire libre, con apenas un fuentón y agua fría, expuestos a las inclemencias, sin privacidad ni condiciones dignas.
El niño más grande, de dos años, ya estuvo internado en terapia intensiva por bronquiolitis. El más pequeño, de apenas cuatro meses, también. Estuvo luchando por respirar hasta hace apenas unas horas. Lo dieron de alta anoche, después de días de angustia. Esos cuadros no son casuales: son el resultado directo del hacinamiento, de la humedad, del frío, de la pobreza más cruda.
La única ayuda que reciben es una vez por semana, cuando logran acercarse al merendero Margarita Blangino. Allí, al menos una vez cada siete días, pueden comer algo caliente. Una comida. Una pausa al hambre. Eso es todo.
¿Hasta cuándo vamos a tolerar que haya familias que vivan así, amontonadas como si fueran descartables? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que la pobreza extrema sea parte del paisaje urbano, sin que nos tiemble el alma?
Quizás no podamos cambiarlo todo. Pero sí podemos empezar por algo. Por mirar a los ojos. Por acercarnos. Por tender una mano. Por reconocer que detrás de cada estadística hay vidas reales, con nombres, con historias, con sueños.
Estas personas y los tres pequeños no piden lujos. Ni siquiera comodidades. Piden lo más básico: vivir con dignidad. Un techo que no gotee. Un lugar seco para dormir. Una cama para cada niño. Un Estado presente. Una sociedad que no los abandone.
¿Hasta cuándo vamos a mirar para otro lado? ¿Hasta cuándo vamos a permitir que familias enteras vivan en condiciones que vulneran todos sus derechos? ¿Hasta cuándo vamos a naturalizar que un bebé de cuatro meses pelee por su vida por no tener una casa como corresponde?
No hacen falta discursos. Hace falta acción. Hace falta empatía. Hace falta que nos duela. Hace falta un ESTADO PRESENTE… Porque cuando dejamos de sentir, nos volvemos cómplices y parecemos olvidar que el estado, en todos sus niveles; municipal, provincial y sobre todo nacional están al servicio de los ciudadanos y no es algo que debemos “destruir”. No hay ayuda real, no hay respuestas. Solo abandono. Solo silencio. Porque nadie, absolutamente nadie, debería vivir así.
Cualquier tipo de ayuda es bienvenida. Ropa de abrigo, frazadas, alimentos, colchones, pañales, calzado para los niños o simplemente una mano solidaria. Todo suma. Todo sirve. Si podés colaborar, comunicate al 3574 414248. Esta familia necesita de todos nosotros. A veces, lo que para uno es poco, para otro es todo.